“Tenía una tienda, de eso vivía. Hace dos semanas llegaron (los sicarios), se metieron y me dijeron que me daban 10 minutos para irme del pueblo o me iban a comenzar a tirar disparos”, dijo la señora Elizabeth entre llantos mientras hablaba en una remota iglesia en Tijuana.

“Como pudimos, nos salimos. Ni tiempo dieron de pasar a la casa o por una maleta o algo; nos fuimos del pueblo y de Aguililla, pero todavía nos venían siguiendo, nos venían apuntando todo el camino”, platicaba. 

Momentos después de presentar su testimonio, Elizabeth platicó a Excélsior que por la presión ni siquiera pensó en presentar una denuncia, “venían detrás de nosotros; la gente se daba cuenta de todo, pero no podía hacer nada, porque andaban armados”.

Dijo que se había dado cuenta que desde hacía meses en toda la región del oeste michoacano se habían incrementado los enfrentamientos armados y abusos contra la población, pero que nunca pensó que fueran a actuar contra ella.

“Hace unas semanas yo no pensaba que iba a estar así, en Tijuana, sin dinero, buscando albergue, empezando de cero”, dijo.

La mujer de unos 50 años espera conseguir asilo en Estados Unidos y que sus hermanos que viven en California le ayuden a rehacer su vida. Su relato es similar al de muchos otros michoacanos que se han huido de la violencia en Michoacán y llegan Tijuana en busca de asilo estadunidense.

Gabriel se alegró de haber comprado un carro usado compacto, apenas unos días antes de que los sicarios se metieran en medio de la noche a su casa, porque “nos dieron 20 minutos para salir del pueblo”.

Recordó que su familia salió de prisa y se subió al carro, “mi niña venía en calzoncitos, no nos dejaron agarrar nada”. También a ellos los siguieron en varios vehículos. Por el camino a Tijuana, 2,500 kilómetros al noroeste de Aguililla, la familia recurrió a la buena voluntad para vestirse, alimentarse, conseguir combustible.

Hasta donde muchos de los michoacanos despojados por sicarios saben, los delincuentes armados ocupan, quizás por ubicación estratégica, las propiedades y negocios de los que les obligaron a salir bajo amenaza de muerte.

Otros corren peor suerte. A doña Ernestina, de unos 75 años, la dejaron viuda porque su esposo de la misma edad no pudo abandonar el pueblo tan rápido como le ordenaron. En la iglesia la señora hablaba como se lo permitía el llanto y los sollozos.

“Me parece que (la delincuencia organizada) quiere imponer el terror en Michoacán. Como ve, son casos de crueldad que sirven de advertencia al resto de la población”, dijo a Excélsior el padre Juan Diego Mendoza, quien llegó de Apatzingán a Tijuana hace dos semanas con la misión de ayudar a los michoacanos que huyen de la violencia.

El encargo que tiene es impulsar el proyecto de “el buen samaritano”, un corredor de seguridad para las familias michoacanas que tratan de conseguir asilo.

Ahora párroco de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en la colonia la Rinconada de Tijuana, el padre canta con los michoacanos y reparte bendiciones, pero los encuentros son más informativos y para que las familias se conozcan y, quizás, convivan, mientras esperan cruzar la frontera en busca de asilo.

El martes en la tarde, cuando las familias platicaron sus experiencias de terror, el encuentro fue también parecido a una sesión terapéutica en la que el religioso trató de darles esperanza.

“Desde aquí se ve el muro fronterizo”, dijo el sacerdote a sus feligreses, al señalar la frontera a escasos dos kilómetros en el sector del Nido de las Águilas, “pero no es por ahí por donde ustedes deben pasar; ustedes con la ayuda de Dios y la ayuda legal de organizaciones van a buscar asilo”.

Explicó a las familias las condiciones de los albergues migrantes en Tijuana, la mayoría de ellos llenos ahora. Les dijo que si podían contar con algunos recursos, podrían rentar temporalmente vivienda y estar más a gusto.

Les pidió desechar ideas de que desde Michoacán los delincuentes armados llegarían a buscarlos hasta Tijuana y recomendó que, si necesitaban, no dudaran en hablar con la policía, en las inmediaciones de la iglesia, si les daba más confianza.

El padre llegó a Tijuana como “director o coordinador del proceso de apoyo para los desplazados que vienen de la región de Michoacán, sobre todo Aguililla, Coalcomán, Buenavista y Apatzingán para, sobre todo, brindarles el apoyo humano y espiritual que necesitan, mientras logran el asilo en Estados Unidos”.

El sacerdote explicó en charla con Excélsior que “de hace unos ocho meses para acá la realidad en esa región se ha vuelto más trágica, por una llamada avanzada que lleva el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en contra de los Cárteles Unidos y Los Viagras”.

“El pueblo ha quedado a la deriva; todas las familias que nada deben son las que están sufriendo las peores consecuencias”, explicó.

“Del municipio de Aguililla, el más dañado en las últimas semanas, se habla de un desplazamiento de entre seis y ocho mil personas, y de la región de Tierra Caliente no tengo una cifra exacta, pero estamos hablando de que llegan a Tijuana dos o tres familias por día”, comentó el padre.

Tan sólo durante el mes de junio, unas mil 600 personas de esa misma región de Michoacán cruzaron formalmente la frontera en busca de asilo.

Soraya Vázquez, la subdirectora de la organización de asistencia legal a migrantes Al Otro Lado, dijo en junio a
Excélsior que su grupo tenía en proceso “unas siete mil peticiones de asilo, y de ellas un buen número es de solicitantes que huyen de Michoacán”.

El corredor humanitario lo ideó el Padre Goyo, Gregorio López Gerónimo, de Apatzingán quien explicó por WhatsApp que “tratamos de restablecer el tejido social –que destruyen los carteles de las drogas—, es algo que las autoridades no pueden hacer por sí solas y la población tampoco lo puede hacer sola; nosotros como iglesia podemos ayudar”.

El corredor cruza la frontera hacia asociaciones o federaciones de michoacanos en California, entre Los Ángeles y Fresno.

“Que venga a abrazarnos”

“La política no puede ser abrazos y no balazos”, de lo contrario, “que vengan y nos abracen acá donde se está sufriendo (…) estaríamos gustosos de que el Presidente viniera a Aguililla, a todos nos caería muy bien”; sin embargo, “se me hace absurdo que no cumpla su palabra, porque él lo dijo; nadie lo invitó”, señaló el padre Salvador Sánchez, vocero de la Arquidiócesis de Apatzingán.

“Siempre no va a venir porque no quiere darle de qué hablar a la prensa. Pues qué pena porque él mismo le está dando de qué hablar a la prensa al decir que no quiere venir. Él no está cumpliendo con su palabra y la verdad es que mucha gente sí espera del gobierno federal algo, porque del estatal hace mucho tiempo que se perdió el encanto”, indicó.

En entrevista con Pascal Beltrán del Río, para Imagen Radio, el padre Salvador Sánchez dijo que en el municipio de Aguililla no se aplica la ley, razón por la cual los habitantes levantaron la voz en contra de la inseguridad, hecho que ha provocado el éxodo de decenas de pobladores “porque nadie les garantiza paz”.

“Aguililla se ha convertido en el municipio emblemático para decir no hay ley y no se aplica, creo que no somos los únicos que estamos sufriendo de esta manera, pero sí somos el municipio que se ha unido para levantar un poquito la voz para decirle a todo México que algo no se está llevando a cabo bien”, indicó.

El vocero de la Arquidiócesis de Apatzingán, comentó que continúan cerrados los caminos de la carretera Aguililla-Apatzingán, a pesar de los acuerdos entre habitantes del municipio de Aguililla y autoridades federales y estatales, quienes se comprometieron a garantizar el libre tránsito en la zona.

Fuente: Excelsior.

e-max.it: your social media marketing partner