“Un colectivo que exige respuestas, pero que también provoca interrogantes”

Por Eros Ortega Ramos*

Hace poco más de cinco años me encontraba cursando la licenciatura de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana cuando por primera vez fui invitado a la marcha del orgullo gay que se llevaría a cabo en la Ciudad de México. Recuerdo que el compañero de aquel entonces que me extendió la invitación ya llevaba varios años asistiendo a este multitudinario evento que reúne a todo tipo de gente de diferente orientación sexual a la heterosexual, por lo mismo, tenía variadas amistades que año con año se daban cita ese día para celebrar el orgullo homosexual, bisexual o lésbico, según fuera el caso.

Es así que me animé a formar parte de dicha celebración que personalmente resultó fascinante por su contenido de fenómenos sociales que pude observar en un solo día; desde el exhibicionismo y la censura, hasta la inclusión y exclusión social hacia colectivos que formaban o querían formar parte del magno evento. Me acuerdo que las multitudes eran descomunales desde avenida Juárez, y no se diga al llegar a Eje Central y Madero, tan es así que el tránsito de personas ya resultaba casi imposible por la cantidad de gente que había decidido integrarse al enorme colectivo.

Fue en esta parte cuando me percaté del primer fenómeno social que propició mi mirada atónita, misma que no pudo ocultar su sorpresa ante lo que estaba presenciando; cuerpos completamente desnudos bailando al ritmo de música electrónica, pistolas de agua, espuma, confeti y una que otra pancarta que anunciaba los colores de la comunidad LGBT. Y vaya que mantenían una gran coordinación con el ritmo musical que bailaban, pero no sólo eso; manifestaban una ausencia de pudor que nunca antes había visto en otras personas.

Simple y sencillamente el exhibicionismode su desnudez no les causaba conflicto alguno, y parece ser que a las autoridades encargadas de mantener el orden a lo largo del evento tampoco, ya que durante todo el recorrido en el que estuve presente no emitieron algún tipo de comentario al respecto. Comprendí que el mostrarse tal y como habían llegado a este mundo no tenía repercusiones a la moral y mucho menos sanciones a los códigos de comportamiento que, en otras circunstancias, estoy seguro que habrían llevado a heterosexuales ante un juez cívico que no hubiera escatimado respecto a sus sanciones correspondientes.      

Posteriormente, pasados los primeros sesenta minutos aproximadamente desde que había iniciado mi recorrido, pude percatarme de otro acontecimiento que me desconcertó por completo, más en una marcha que, según me habían asegurado, promovía la tolerancia hacia cualquier forma de pensamiento; la censura por parte de algunos miembros de esta comunidad hacia un grupo religioso (o al menos eso parecía) que quería formar parte del colectivo. Bastó que las no más de diez personas vistieran ropa blanca con el estampado de una cruz en sus playeras para que fueran abucheadas, pese a que en ningún momento agredieron a los presentes que comenzaron a referirles palabras altisonantes. Los violentados optaron por retirarse sin alguna explicación coherente de por medio, más que la supuesta “ofensa” de querer imponer a Dios en una celebración en donde no era bienvenido.

Ya transcurridas las casi tres horas de baile, porras, disfraces, accesorios y mucha bulla orgullosa de los "colores del arcoíris”, al colectivo se habían integrado decenas de niños, que oscilaban entre los diez y catorce años de edad aproximadamente. En este momento del recorrido, como sociólogo no quise dejar pasar la oportunidad de intercambiar algunas palabras con algunos de estos infantes que se encontraban felices por la celebración. Mis tres conversaciones fueron sumamente breves ya que estos ingenuos niños tenían que continuar con su camino, pero recuerdo claramente que su ignorancia respecto al motivo por el que se encontraban allí era evidente, y no los culpo; asistieron a tal evento por decisión de sus padres, no por convicción propia. Al fin y al cabo estos niños eran el reflejo de aquellos adultos con los que se habían criado, y los cuales consciente o inconscientemente les habían impuesto la determinación de formar parte de esa marcha.

Debo confesar que no me quedé hasta el final de la celebración por cuestiones de tiempo, pero lo observado había sido suficientemente fructífero para la formulación de interrogantes que evidenciaban, desde una perspectiva sociológica, los contras de un evento como éste: ¿Por qué el exhibicionismo mostrado por parte del colectivo LGBT no era sancionado? ¿Por qué había claras prácticas de exclusión social con determinadas minorías? ¿Por qué ese nivel de desinformación en los infantes? Y si analizamos más a fondo inevitablemente va a surgir la polémica, pero es un riesgo que se tiene que tomar: ¿No se está sexualizando a los niños a una edad temprana? ¿A esa edad los infantes ya son lo suficientemente maduros mentalmente para definir su orientación sexual?    

Con la descripción de los hechos que acabo de hacer y posterior formulación de interrogantes con base en los mismos, no ha sido mi intención juzgar qué acciones fueron apropiadas y qué acciones inapropiadas. Eso lo dejo a la consideración del lector. En vista de que se cumple un año más con esta celebración en constante expansión, lo único que pretendo es exponer una pequeña parte de mi vivencia de hace unos años para fines de divulgación respecto a mi subjetiva y muy personal interpretación de los acontecimientos experimentados aquel día.

Independientemente de si se está de acuerdo o no con este tipo de movilizaciones, es fundamental recalcar que la tolerancia y el respeto hacia la diversidad son dos requisitos fundamentales para consolidar una sana convivencia social que realmente incluya a todos los actores sociales involucrados. Y englobo a ambas partes en esta idea de “involucrados”; desde el sector con orientación sexual heterosexual, hasta el sector integrado por la comunidad LGBT. Porque sería parcial y tendencioso únicamente culpar a uno solo de estos sectores de exhibicionistas, censuradores y excluyentes como normalmente suele hacerse.

He ahí la intención con el presente artículo de opinión; el exponer que la discriminación no es exclusiva de un solo grupo o sector social, por lo mismo, la determinación de responsabilidades se vuelve necesaria tanto para miembros de la comunidad LGBT como para heterosexuales por igual, si es que en la práctica se pretende construir una sociedad realmente incluyente y respetuosa de la diversidad de pensamiento y orientaciones sexuales.

Gracias por su lectura. 

Twitter: @erosuamero

Facebook: Eros Ortega Ramos

Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

*El autor es licenciado en Sociología por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana y actual estudiante de la Maestría en Estudios Políticos y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México

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